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jueves, 5 de julio de 2012

Tomás Gómez y la teoría del "boxeador desorientado"

El pasado 20 de junio, el secretario general del PSM firmó, en el diario Expansión, un artículo titulado "Se acabó la herencia recibida" cuyo eco en algún medio digital de la derecha cobró la forma de un rapapolvo a Rubalcaba por su política de invitación al Pacto de Estado para salir de la crisis (el títular era ilustrativo "Gómez arremete contra Rubalcaba y lo compara con un “boxeador desorientado”"). Posteriormente, en un desayuno de TVE, vino a dejar, con pretendida sutileza (digo pretendida porque la sutileza no apareció por ningún lado), una idea en el aire: el PSOE no tiene credibilidad y no la tiene porque no la tiene su lider. Más o menos. Pude leer, al día siguiente, un lúcido artículo de Rafael Simancas en el diario digital Nueva Tribuna y advertir, con estupor, el silencio de la totalidad de los líderes regionales, en Madrid municipio y en la Asamblea de Madrid, ante las afirmaciones de Gómez. Ese silencio puede ser cautela mal entendida (la libertad de expresión es básica en un partido y si con ella se puede desmontar una error político e intelectual, más básica aún), pero también puede revelar  comodidad, miedo a opinar o, peor aún, desgana política.

¿Cuál es el planteamiento de fondo del artículo de Gómez? Pues que el PSOE, en su política de oposición, no debe proponer Pacto de Estado alguno para salir de la crisis y debe orientarse a elaborar ("armar", escribe) un modelo alternativo, "un nuevo pacto con las capas medias y el capital productivo frente al capital financiero". La verdad es que da pereza entrar en este debate cuya raíz está en las posiciones extremas que los más maduros (no diré viejos) del lugar recordamos de la polémica sobre los pactos de la Moncloa, esenciales en la construcción de la democracia, que vivimos en España a finales de los años setenta y primeros ochenta.

Ante la crisis más dura y dramática que están viviendo España y Europa en el último medio siglo, un partido de izquierdas como el PSOE, que ha gobernado y que aspira a gobernar de nuevo tiene, como obligación moral y como obligación ante los ciudadanos, que proponer un gran Pacto de Estado para salir de esa crisis, algo que, además, es un necesidad objetiva de la sociedad. Hablo de  un pacto que no sólo comprometa e implique a gobierno y oposición, sino también a otras fuerzas políticas, a sindicatos, a empresarios, a las más diversas organizaciones sociales, a las comunidades autónomas. Esté en el gobierno o esté en la oposición. Del mismo modo que en cada Comunidad ha de proponer Pactos por el Empleo y contra la crisis que comprometan a los mismos protagonistas en el nivel autonómico. Eso es lo que espera de ese partido la sociedad. Es más: ese mensaje es un instrumento esencial para ganar espacio político y electoral, para cargarse de razón ante los ciudadanos y trabajadores, para aparecer ante la sociedd como un partido útil, responsable, con sentido de Estado y con claridad política.


Julio Caro Baroja. Madrid


Otra cosa es el contenido y la naturaleza de ese Pacto: obviamente, para los socialistas habría de descansar en la defensa de las políticas del bienestar, en la creación de empleo, con planes especíalmente dirigidos a los jóvenes, en el apoyo a la inversión en innovación, en la inversión pública en infraestructuras, en una política tributaria que cargara, ante todo, sobre las rentas más altas y sobre las grandes fortunas y en una política europea basada, en lo esencial, en el reforzamiento de la unidad política y fiscal y en el abanico de medidas que socialistas franceses y alemanes (menos éstos que aquellos) han venido planteando en las últimas semanas, desde la atribución de nuevas competencias al Banco Central Europeo hasta la creación de eurobonos, pasando por el destino de grandes recursos a una política inversora que incentive el crecimiento. Ése sería, desde un punto de vista progresista, del PSOE, el Pacto de Estado ideal. Los contenidos que le daría la derecha están claros: recorte, recorte y recorte en la dirección del desmantelamiento del Estado del Bienestar.

Es obvio que de no contener una parte importante de las políticas citadas, no podría haber Pacto. De hecho, no lo habrá porque el PP opta, sin más, por el "amén" a las políticas restrictivas: ésa es su concepción del Pacto. Por eso, las preguntas que Gómez se hace en su artículo son mera  retórica porque sólo tienen una una respuesta: "¿Es posible un Pacto de Estado con la determinación del gobierno de destruir el Estado del Bienestar?" "¿Es posible un Pacto de Estado con quienes defienden una reforma financiera que responde exclusivamente a los intereses de quienes nos han llevado a esta crisis?". ROTUNDAMENTE NO. Pero, aun siendo consciente de que ésa es la respuesta, Gómez las formula de tal modo que se convierten en arma arrojadiza contra la posición de Rubalcaba y de la Ejecutiva Federal. Sutilmente se deja entrever (el citado medio de la derecha lo aprovechó en condiciones) que el PSOE sí estaría por ese Pacto de Estado cuando en todos los ámbitos ha quedado claro que es un problema de contenidos y que el pacto, en los términos que el PP pondría sobre la mesa, no es ni será posible. Pero tener esa certeza no significa que políticamente no sea necesario, que el principal partido de la oposición no deba seguir insistiendo en ello ante los ciudadanos al tiempo que defiende sus propias altarnativas en todos los ámbitos. ¿O acaso el PSM debería renunciar a exigir en Madrid un Pacto regional por el empleo y la salida de la crisis que implique a sindicatos y otras fuerzas sociales ante las políticas de recorte de Esperanza Aguirre al tiempo que expone ante los ciudadanos sus alternativas? Otra cosa, sería el contenido del pacto. 

Hemos escuchado al secretario general del PSOE , Alfredo Pérez Rubalcaba, decir, por activa y por pasiva, que si gana las elecciones echará abajo la reforma laboral, que es preciso impulsar políticas de defensa de las conquistas sociales y de incentivación del crecimiento, que el cumplimiento del objetivo de déficit debe aplazarse y que en su logro no pueden tocarse la educación, la sanidad o las políticas de protección social. El apoyo a las propuestas de Hollande ha sido constante (es más, buena parte de las propuestas de Hollande en su campaña fueron las mismas que presentó Rubalcaba en las elecciones del 20-N). Pero Gómez no ha debido leer esos posicionamientos. Y si los ha leído y escuhado, es como si no lo hubiera hecho.

¿Quiere eso decir que la demanda pública de un Pacto de Estado de salida de la crisis está en contradicción con el diseño y la difusión de una propuesta alternativa? En absoluto. Es más: una y otra son propuestas complementarias que tienen, además, una relación dialéctica. El Pacto es una estrategia a corto plazo, coyuntural, para hacer frente a situaciones críticas, la propuesta alternativa es una propuesta estratégica, a medio y largo plazo, que responde a la definición de una modelo de sociedad diferenciado de la derecha.

Por último: sería bueno que el líder madrileño, cuando se le pregunta ante las cámaras de TVE, sobre la credibilidad del PSOE y de su líder, en vez de cuestionarlas (¿por qué lo hace?) mirara hacia el PSM y hacia sí mismo. En Madrid, tenemos la presidenta y la alcaldesa más derechistas del PP, más utltras, más insensibles hacia los derechos sociales de los ciudadanos. Y tenemos, en autonómicas y municipales, la cuota electoral más baja desde que se inició la transición. ¿De qué estamos hablando?

Lamentables los tiempos en que hay que seguir argumentando lo obvio.

lunes, 19 de marzo de 2012

Algunas notas tras el congreso del PSM: la mirada de un invitado

Tras el congreso socialista de Madrid, la actividad política en la región, dicen algunos observadores, recupera su “normalidad”. ¿Se perdió esa normalidad en algún momento? A mi parecer, no. El congreso del PSM no estaba en la agenda de preocupaciones de los madrileños. Más preocupaba (y no demasiado, todo hay que decirlo) el referéndum organizado por diversas entidades sociales en contra de la privatización del Canal de Isabel II, consulta que se celebró en la misma fecha en que, con el discurso de Tomás Gómez, “flamante” secretario general que se sucedía a sí mismo, se clausuraba el congreso.

El hecho de que el congreso no estuviera en la agenda de preocupaciones de los madrileños no es, la verdad, decir mucho: sólo en situaciones excepcionales a los madrileños les preocupan los cónclaves de los partidos políticos. ¿Cabe caracterizar de excepcional una coyuntura caracterizada por los recortes educativos, con casi seis meses de movilización, en distinto grado, del profesorado y de las asociaciones de padres y madres de alumnos contra las medidas del gobierno regional y con serias amenazas sobre el sistema sanitario? ¿Es excepcional una situación caracterizada por la práctica desaparición de la vivienda social, por el anuncio de privatización del Canal de Isabel II, con la existencia de un paro juvenil que llega casi al 50% en el conjunto de la región? ¿Lo es una situación con una huelga general en el horizonte derivada de una reforma laboral que viene a implantar (con el madrileño Arturo Fernández como gran inspirador) un sistema de relaciones entre empresarios y trabajadores que la derecha llama liberal pero que es, pura y simplemente, el establecimiento de una suerte de esclavismo posmoderno?

Es obvio que el congreso se celebró con un telón de fondo socioeconómico caracterizado por la crisis, por el conflicto entre la Comunidad y sus trabajadores, por la carencia de horizontes y por la persistencia de gobiernos, en Madrid ciudad (¡cas 23 años ya!), en la Comunidad (16 años)  y en los principales ayuntamientos del Área Metropolitana, de una derecha con serias veleidades autoritarias.

Juan Genovés. Arco III

Sin embargo, el congreso sólo  concitó la atención de los muy iniciados: los socialistas con carnet (y no de todos, son muchos los que llevan años en casa), los periodistas expertos en “pesemología”, una franja de ciudadanos que mantenía la esperanza de que, al fin, una militante, Pilar Sánchez Acera, no marcada por las luchas internas que durante tres décadas han lastrado al socialismo madrileño y vuelta a la vida laboral (un detalle, sin duda, a valorar en los tiempos que corren) tras ser excluida como candidata a diputada, iniciara una nueva etapa,  y algunos activistas de ciertos movimientos sociales. Y pare usted de contar: el resto de los ciudadanos de Madrid estaban a sus cosas, una minoría votando en el referéndum anti-privatización del Canal y lo más, atentos a la evolución de la Liga de fútbol en el fin de semana.

Ante esa evidencia, caben dos reflexiones.
La primera, que hace tiempo que a la sociedad madrileña le interesan muy poco las propuestas que se debaten en los congresos del PSM: la imagen que proyecta es la de un partido internalizado, en el que está ausente la reflexión sobre el futuro modelo de región, sobre la perspectiva de las grandes urbes metropolitanas, sobre los grandes problemas que acucian a los madrileños. Cualquier ciudadano medianamente politizado tiene difícil saber cuál fue la propuesta fundamental  que presentó el PSM a las últimas autonómicas, qué medida estratégica, al margen de las consabidas generalidades sobre política general, presentaban los socialistas para Madrid. Se me dirá que hubo (y hay) documentos, programas y manifiestos. No lo discuto, pero lo real es que el madrileño, votante o no votante, no había recibido, en su vida cotidiana a lo largo de cuatro años, la noticia de un partido atento a sus problemas, cercano a su vida cotidiana, implicado en sus luchas, cómplice de sus frustraciones y de sus necesidades: más bien ha visto un partido recluido en sus locales (siempre hay excepciones, obviamente, pero esa es la tónica general) y con buena parte de los cargos públicos y dirigentes más atentos a su futuro dentro de la estructura (y en las instituciones: aconsejo la relectura de Max Weber, La política como profesión) que a lo que ocurre en la sociedad. Así es muy difícil que un congreso fije la atención de los ciudadanos más conscientes de una región como Madrid. Ese factor mide, en parte y querámoslo o no, la credibilidad social de un partido de izquierdas.   

Antonio López. Torres Blancas.

La segunda tiene que ver con la capacidad de elaboración de propuestas junto con lo más vivo y dinámico de la sociedad. Recuerdo congresos del socialismo madrileño, hace ya algunos lustros, cuya composición contaba con dos ingredientes básicos: los militantes y delegados de las agrupaciones, gran parte de ellos cargos públicos, que aportaban la visión interna del partido, de su vida cotidiana y la visión desde las instituciones, y un colectivo importante de militantes vinculados de manera felxible a la organización, a veces meramente sectorial: arquitectos, urbanistas, abogados, escritores, artistas plásticos, periodistas, médicos, economistas, profesores de universidad y un largo etcétera de profesionales no vinculados ni salarial ni profesionalmente al partido pero profundamente comprometidos con sus objetivos a corto, medio y largo plazo. Hoy (al menos, así lo vi yo, invitado, en el congreso) ese colectivo está fuera: un lento (a veces no consciente) proceso de exclusión ha hecho que los de entonces hayan dejado de estar y dificulta que las nuevas promociones de profesionales, salidos de las universidades en los últimos años, encuentren oportunidades de colaboración, de militancia moral e intelectualmente satisfactoria (no hablo de profesionalización ni de colaboración retribuida), lo que les lleva a colaborar con movimientos ajenos al PSM o a participar activamente en organizaciones sociales vinculadas al 15-M o a la llamada izquierda alternativa.

Así, el socialismo madrileño se va vaciando de masa crítica, de capacidad de elaboración. El debate va desapareciendo o sólo se activa cuando salen a la palestra candidatos o candidaturas (sobran los ejemplos). Y, aunque no nos demos cuenta, ese proceso, como la lluvia fina, va calando en la sociedad generando una visión negativa de la organización partidaria, del  significado de la militancia política. Es decir, un vaciamiento de ideales, de principios cuyo resultado último es potenciar el “todos son iguales” que tanto beneficia a la derecha.

La pregunta que, a mi juicio, deberíamos hacernos de cara al futuro es la siguiente: ¿se puede evitar que esa situación se prolongue indefinidamente? A mi juicio, sí. De ello depende, en gran medida, que a medio plazo sea creíble (y posible) el horizonte de una mayoría de izquierda en la Comunidad de Madrid, de un PSOE vivo, dinámico, necesario y hegemonico.

lunes, 12 de marzo de 2012

Pensar, escribir, actuar: las razones de este blog

En los tiempos especialmente difíciles en que vivimos no parece moralmente aceptable la neutralidad. La fuerte restricción del gasto, con recortes sin precedentes en políticas sociales, la re-ideologización de la sociedad sobre principios ultraliberales que intentan imponer los líderes conservadores de la Unión Europea, encabezados por el dúo Merkel-Sarkozy está teniendo repercusiones nefastas en la vida cotidiana de millones de ciudadanos, especialmente de los más débiles (a quienes pertenecen a lo que Antonio Gramsci denominó "clases subalternas"), lo que convierte al escritor en un testigo que no puede guardar silencio, en una voz que puede ayudar a entender el mundo, en mirada crítica y civil.

Este blog, que "roba" a Gabriel Celaya el título de uno de sus más conocidos libros de poemas, tiene como pretensión esencial abordar una necesaria reflexión sobre la situación política, sobre las corrientes que atraviesan la sociedad, sobre su influencia en el panorama cultural del siglo XXI. Nace para separar ese tipo de reflexiones y artículos de lo que es dominante en mis blogs: la literatura de creación. Tanto Al margen, como La estantería de Al margen como Letras viajeras son bitácoras nacidas, pensadas y dedicadas a la literatura y a su relación con la sociedad.  La poesía, la narración, la crítica de poesía, la memoria, el texto literario y la literatura de viajes forman parte de ellos. Blogs de irregulares plazos entre post y post, pero enfocados a tocar el corazón de mis obsesiones y fantasmas más profundos, más fructíferos desde el punto de vista de la creación. En Tranquilamente hablando abordaré lo que en ellos no cabe o, cuanto menos, lo que por ser destacable desde el punto de vista político no tiene espacio en los otros blogs.


No creo en los consejos que comencé a escuchar en mi familia y en las familias de mis amigos, en los años de la dictadura: "la política para los políticos", "todos los políticos son iguales", "no te metas en política" fueron consejos con los que crecí y me eduqué en el Madrid de los años sesenta. Esos lemas están todavía vivos (demasiado vivos) en nuestra sociedad y esponjan la prevención, cada vez más poderosa, de nuestros escritores, del mundo del pensamiento, de la intelectualidad en definitiva. Hasta tal punto es así que para un escritor estar afiliado a un partido político es una especie de baldón del que mejor alejarse. Y confesarse socialista es jugar no pocos números para que en el mundo literario te juzgue con prevención, con no pocos prejuicios.

Mis principios de actuación están muy alejados de aquellos consejos que escuché hasta el hartazgo en la infancia y en la adolescencia. Desde los diecisiete años he vivido de manera activa e intensa mi compromiso con proyectos colectivos, algo de lo que me enorgullezco. En un mundo férreamente individualista como el artístico no es fácil mantener esa bandera. Sin embargo, pienso que ser radicalmente individualista como creador (en la relación entre el autor y la obra) no contradice el compromiso con un proyecto colectivo. Nada de lo que ocurre en el mundo me es ajeno. No lo es, lo decía al principio, la situación en Europa y en el mundo, pero tampoco lo es la que vivimos en España y, de manera muy especial, la que, desde hace varios lustros vivimos en la Comunidad de Madrid: dieciséis años con un gobierno regional de la derecha (hoy presidido por Esperanza Aguirre, exponente de las posiciones más conservadoras del Partido Popular) y veintidos años con un gobierno municipal también de la derecha, hoy presidido por Ana Botella, protagonista de la "crónica de una herencia anunciada", novela escrita por Ruiz-Gallardón como amanuense y por Aznar como fuente nutricia.

Ambas realidades, cimentadas en una comunidad autónoma en la que tradicionalmente el peso de la izquierda ha sido más que notable y en la que, según los estudios sociológicos más creíbles existe una mayoría ideológicamente progresista, de centro izquierda, de la que una parte considerable lleva lustros refugiada en la abstención, tienen que ver, sin duda con los aciertos del Partido Popular. Pero no es menos cierto que la responsabilidad del principal partido de la izquierda, el PSOE (ya fuera en su versión precedente, como FSM, ya lo sea en su versión actual, PSM), es decisiva: no es explicable esa hegemonía conservadora sin la renuncia, de facto, del PSOE a movilizar a la opinión de la izquierda, a extender la idea de que es posible construir una Comunidad distinta, cuyas políticas descansen en una concepción progresiva del Estado del Bienestar. Se puede argüir ante esta afirmación que no es compartida por la dirección del PSM. Sin embargo, subrayo que he hablado de renuncia de facto. Es decir, en los hechos y no en la teoría. Si no fuera porque los datos son los datos, sería inverosímil hablar de una región en la que el Área Metropolitana (el antaño llamado "cinturón rojo"), el Corredor del Henares, gran parte de los distritos del sur y este de la capital, con una población asalariada, en parte en el desempleo, cuentan con una mayoría electoral abrumadora de la derecha y con una alta abstención adjudicable a la izquierda.

¿Por qué hablaba de una renuncia de facto, es decir, en los hechos? Porque la práctica cotidiana, el funcionamiento interno del partido en Madrid (encabezado desde 2007  por Tomás Gómez), la dinámica de gran parte de sus agrupaciones, las formas de hacer política en su relación con la sociedad, están condicionadas por una fuerte tendencia al ensimismamiento, por una visión internalizada de la vida política. El PSOE en Madrid "mira hacia adentro" y vive una creciente desvinculación de los movimientos sociales de todo tipo. Creo que ése es el problema esencial que lo tiene atenazado, incapacitado para crecer y ser alternativa desde hace mucho tiempo: por mucho que en sus documentos congresuales, en sus resoluciones y en sus declaraciones de principios se hable de "tejido social", de impulsar la participación ciudadana en la vida del partido y en las instituciones, su funcionamiento habitual, su dinámica interna lleva a lo contrario. Quizá el reciente congreso del PSM podría haber abordado con una perspectiva de futuro ese problema. Sin embargo, mucho me temo que no haya sido así. Sobre ello reflexionaré en próximas entradas en este blog recién nacido.